Las empresas e instituciones de América Latina, a la luz del nuevo contexto mundial, saben que para distinguirse y competir, no pueden contentarse con ofrecer a sus colaboradores una capacitación técnica oportuna y suficiente. Y es que, son concientes de que, las personas, para ser de provecho, necesitan, además, una sólida formación en valores y una educación liberal. En efecto, ya sea que nos refiramos a los ejecutivos de las empresas privadas o a los funcionarios especializados en la gestión pública, unos y otros, requieren, por igual, convicciones humanistas y conductas liberales que guíen sus decisiones, aseguren su realización personal y posibiliten el trabajo en equipo. Las personas, para ser productivas y eficientes, necesitan propósitos vitales originales, así como una normatividad que cuide las buenas relaciones humanas y patrocine el orden y el progreso. En otras palabras, las organizaciones precisan individuos concientes no solamente de la utilidad y rentabilidad de sus ideas; sino, también, de su valor como personas y de su responsabilidad como integrantes de una corporación y miembros de una comunidad; sujetos autónomos, concientes de su performatividad. Se necesita abrazar una filosofía moral para la innovación y el desarrollo, una ética del trabajo. Urge contar con hombres y mujeres que sepan motivarse y sobreponerse a las dificultades y frustraciones propias de toda experiencia inter-subjetiva de cara a la toma de decisiones importantes; gente con imaginación y coraje que sepa abrir espacios inéditos de autorrealización ahí donde las circunstancias echen por tierra sus más loables esperanzas; seres humanos dispuestos a cuestionarse a sí mismos a partir de la interpelación de los demás, con inmensas ganas de encontrar mejores formas de actuar y de hacer las cosas; sujetos dotados de una energía y de una voluntad que no admita cortapisas ni excusas cuando se trate de disculparse con el prójimo o de perdonar; colaboradores dispuestos a hacer de la instrospección la vía para la construcción de la personalidad, la fragua del mejor carácter y el reconocimiento de lo humano, en uno mismo y en los otros; ciudadanos capaces de buscar la equidad, la cooperación y la solidaridad. Ciertamente, la competitividad demanda, hoy más que nunca, campeones dispuestos a hacer de su conducta edificante una honorable contribución a la libertad, el entendimiento y el florecimiento colectivo. Las Compañías e instituciones latinoamericanas requieren patrocinar, con tenacidad, un cambio cultural al interior de sus organizaciones. Necesitan líderes y colaboradores dispuestos a alejarse de la mera ambición, del autoritarismo, del desfile banal y arrogante y de la sed de status, pretensiones que corroen el respeto por el prójimo, empujan a la manipulación, destruyen toda buena fama y confianza y malogran el trabajo en equipo. En verdad, sólo si la gente sabe compensar la tensión del "hacer para subsistir" con el cultivo de su propia humanidad, podrá salvaguardar su libertad emocional y su paz interior y estar lista para rubricar y dar vigencia a una equidad. La labor de la producción necesita, en aras de la concordia y la prosperidad, complementarse con una refrescante dosis personal de sabiduría y felicidad. |