El honor es la mayor recompensa de toda profesión digna y se mide exclusivamente por el rendimiento y no en función del puesto que se ocupa. Quien se hace merecedor de su puesto goza la más importante recompensa que puede ofrecer el cargo: estar a la altura de las expectativas de las personas que le confiaron la responsabilidad de sacar adelante una función determinada en la colectividad. Quien desarrolla a plenitud su talento y logra finalmente, a pesar de las complicaciones, los agotamientos y los reveses, la consecución de los propósitos inherentes a su puesto, no solamente disfruta la satisfacción de la misión cumplida, sino también la alegría de haber llegado a desplegar su máximo potencial y haber alcanzado la excelencia. No sólo cumple con la comunidad, alcanza además su sueño.
Llegar a ser de provecho, alcanzar una maestría y una perfección en la labor, no es una meta que pueda alcanzarse en un breve plazo, exige sacrificios, autodisciplina, paciencia, vínculos interpersonales y destrezas. Las personas honorables evitan, en este sentido, perder de vista su misión profesional y rehúsan hacer del status, el poder, la riqueza y el placer la finalidad del cargo. Saben que el aprendizaje, la cooperación y la eficiencia son las únicas vías que dan pie al genuino derecho a la victoria, la autoridad y la recompensa.
Cuando una idea perniciosa tienta a un sujeto con espíritu enclenque y sin sentido moral -desprovisto de una reflexión liberadora-, una honda melancolía comienza a triturar su vida y a alimentar su insolencia. Al final, sugestionado, arrastrado como por un extraño vértigo, termina pervirtiendo sus valores y quebrando su compostura, postergándose y perjudicando a su comunidad. Ahí donde el honor deja de ser una forma de merecimiento, el predominio desdibuja el puesto de trabajo y perjudica el rendimiento, interrumpiendo la dinámica del desarrollo humano y truncando la dialéctica del progreso corporativo.
En suma, el profesionalismo en el cargo implica tomar la decisión de ayudar activamente a las Compañía a lo largo de la experiencia del cambio, contribuyendo en la consolidación de una cultura organizacional estratégica. La virtud y la honorabilidad pueden ser desplegadas si las personas están dispuestas a vivir plenamente la experiencia de la innovación.