|
Repercusión social de la vida bondadosa
Por: Juan Carlos Campoverde Ramírez Consultor
La viabilidad de las instituciones que concretan la prosperidad de las naciones, está asociada a la predisposición para la convivencia de los individuos que las conforman.
Al respecto, cabe averiguar las causas de la inclinación que llama a la concordia. Y es que conviene a los hombres de buena voluntad, cultivar la semilla que hace florecer repetitivamente, el empeño de aunar esfuerzos para la cooperación.
Si, como yo creo, existe el deseo natural de merecer la aprobación y el elogio de los seres queridos, entonces, el aprecio y la admiración facilitan la participación y el cumplimiento. En efecto, todos, salvo los misántropos, deseamos hacer méritos y quedar bien con quienes con su manera de ser, han sabido ganarse nuestro afecto y respeto. Pienso que las relaciones de amistad son la verdadera argamasa que reúne esfuerzos para la consecución de necesidades sociales. Después de todo, es bien sabido que ahí donde se pierde el aprecio, ya no es posible el compromiso pues se vuelve inevitable bifurcar los caminos, quedando trunca la asociación moral, productiva y social.
Si se me concede este argumento, puedo decir, contra las inhumanas teorías del patrón del siglo XVIII –que creía que podía relegar la bondad, en pos de un mercantilismo a ultranza-, que el sentimiento de amistad es la piedra angular que concierta los ánimos para el orden y el progreso; que la simpatía llama a combinar el resguardo de la cohesión social con el auspicio de la iniciativa individual. Creo que es un hecho, que se puede convivir largo tiempo en medio de terribles sacrificios; pero, apenas un período muy corto, en desconfianza.
Hemos empezado reconociendo la fuerza o mecanismo psicológico que hace posible la cooperación: la amistad, que vuelve leales a las personas que se conocen entre sí. Pero, ¿Cómo concretar esta aproximación de buena fe a los demás? ¿Cómo conseguir tejer con los hilos de la amistad, la acción recíproca y solidaria? ¿Cómo decidirse a buscar la íntima idea de la valía del otro? Nada sirve tanto para esto, como el intento de abrirse camino hacia la autenticidad del ser –el trabajo interior, de quien aprende de sí mismo, a través de lo que hace y opina-. Me refiero al infatigable propósito de abrazar una acción misional, que llame a la sabiduría y a la autorrealización. La amistad requiere un estilo de vida que alcance la plenitud en la acción cotidiana. Sin ebullición espiritual, la amistad es imposible. Esto sugiere que todos nosotros, ciudadanos interesados en una amplia cooperación, tenemos que preparar al corazón, de tal modo que esté listo para el cariño y el desprendimiento, en los momentos apremiantes.
En efecto, una comunidad altamente organizada, que imprime su carácter e influjo a través de una educación inteligente, “para la vida –como decía Séneca-, y no para la escuela”; esto es, buscando que los individuos se conduzcan adecuadamente en la realidad y estén a la altura de sus propias circunstancias, acercándose al conocimiento a través de la experiencia vivencial; puede estimular convicciones éticas sobre el sentido más fino del honor, demostrando que la amistad anida en el valiente que vence el orgullo y el rencor, a la luz de la comprobación de sus efectos.
Se aclara la manera de forjar una colectividad encomiable, civil e imperecedera, erigida con el afán de perfeccionamiento personal. Puesto que la vigencia de las alianzas pasa por el conocimiento de los valores que llaman a la amistad, se ha de ofrecer con el ejemplo, el perfil o semblante del amigo, tal como debe ser. Hay que brindar un afecto real y patente al prójimo. Si esta ruta no es segura y patriótica para el establecimiento de la convivencia, no sé dónde podamos hallarla.
Pero, apresurémonos en ahondar en el perfil del que obra con bondad.
Fecha: 18/05/2009
|