El Consultor escribe

La fecunda espiritualidad de la acción

Por: Juan Carlos Campoverde Ramírez
Consultor

Vivimos una época de desafíos, que nos invita a revalorar aquello que es esencial para el desarrollo personal y la vigencia y crecimiento de las comunidades: la acción, hecha meta y estrategia, es crisol donde se subliman las emociones y se concreta la misión de vida. La realidad del fracaso, la desilusión y el dolor, motivan a la valentía, tanto como la solidaridad y el éxito, a la gratitud y a la humildad.

Se trata de remontar la lectura utilitaria de las cosas que, anclada en los colores y las texturas del mundo de la vida, nos hace pensar que existimos exclusivamente para concretar ideales, agotándonos en la consumación de lo cuantitativo. Y es que no se puede hacer patria con una cosmovisión que debilita la condición humana. En efecto, a ojos vistas, la línea del interés parece pasar por alto un plano vital del sujeto moral. Si bien es cierto que los propósitos y las estrategias son importantes, porque contribuyen al proyecto de la unión y al bienestar social; también es cierto, que la sabiduría pasa por la capacidad del hombre de ejercitar sus atributos. Esta significación última, lejos de ser ideal, es ejercicio edificador que debe cultivarse todos los días.

En un mundo donde la motivación se apoya en la acción con sentido último, es necesario habituarse a interpretar las cosas. La idea es estar en contacto con la realidad, tornasolándola al calor de los valores, vueltos misión de vida. Estamos frente a un ingenio, fantasía e intencionalidad que acercan al individuo a los sucesos con actitud singular, ayudando a trascenderlos y aprovecharlos. La disposición es, pues, lo más importante, porque el comportamiento irreflexivo y maquinal sumerge al individuo en el letargo. Y es que no hay forma de estar listo para el quehacer y el trabajo si no se lleva consigo un fin último. Una persona que desconoce el valor de los acontecimientos, no podrá canalizar saludablemente las emociones ni volcarse a una experiencia de honda contribución, pues condicionará su gestión al aseguramiento del poderío, el status, la jerarquía o la vanagloria.  

De esta forma, se obtiene en contrapunto necesario entre las imágenes del porvenir y el ejercicio de una misión que enraíce al individuo en el presente y le permita entrar en contacto con la realidad y trascenderla. Si esto es así, es factible hacer del itinerario personal, un medio del cual se puede extraer virtud y realización personal. Queda desde luego, en las personas, la decisión del rumbo que llame a la acción y de su viabilidad en el tiempo. Y es que, si bien es cierto, que siempre habrá una energía que desplegar para la comprensión motivadora de los hechos; también es verdad, que no todos los caminos son para todos los viajeros, de la misma manera como no todos las tierras son para todas las semillas. Decidirse a ejercitar este potencial humano y a elegir el mejor entorno para su consecución, constituyen en sí mismos un acto de libertad indelegable.

Al respecto, resulta clara la importancia de ayudar a todo individuo que anhela reencontrarse consigo mismo y servir a su comunidad, a distinguir fines y medios, para evitar que estos se confundan. Nos equivocamos cuando hacemos de los proyectos sociales una misión personal, o de la construcción de la propia individualidad y del ejercicio de la actitud, un proyecto mancomunado. Proclamémoslo atrevidamente: fallamos si entendemos por trascendencia tanto la consecución de ideales -ya que el sentido último está en la acción que cultiva cotidianamente un valor y no en el acecho del destino siempre incierto-, como la propia reforma personal, en función del comportamiento de los demás. Se requiere fijar la meta para hallar el rumbo que apremia al ser humano a vencerse a sí mismo, hasta alcanzar la reconciliación y la renovación. No basta, pues, sentirse encantado o apesadumbrado por las cosas, hay que proseguir el trabajo de edificación personal hasta aprehend

Fecha: 30/03/2009

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