El Consultor escribe

Trabajar para vivir

Por: Juan Carlos Campoverde Ramírez
Consultor

Siendo la misión el fin último con el cual se busca movilizar la voluntad en torno al trabajo, considero prudente ayudar a escoger las palabras que la signifiquen. Con este espíritu y sabedor del contundente y real compromiso de los líderes con el mejor porvenir de sus empresas, me animo a compartir una apreciación al respecto.

Permítanme comenzar el aporte con una definición de misión que nos ayude a encontrar espacios que apuntalar. La misión busca dar vigencia a un compromiso cotidiano con la acción trascendental. Surge para alimentar la motivación y por tanto, la libertad de los individuos; funciona como un contrapunto inteligente frente al trajín de la producción y los avatares del negocio. Esto quiere decir, que la misión significa las tareas y facilita la comprensión de los acontecimientos, dando valor al hacer y al acaecer. A diferencia de lo que se podría pensar en un primer momento, el sentido último no está en la meta ni en el porvenir, sino en la interpretación singular de la acción cotidiana. Es gracias a este don del espíritu que el trabajo puede contribuir al autogobierno, a la realización personal y al desarrollo corporativo y social.

Creyendo que esto es así, podemos argumentar que sin una misión el crecimiento empresarial peligra, pues al quedar impedido de nutrir una interpretación, deja de contar con la energía y voluntad que disponen al compromiso. Las organizaciones desprovistas de una misión, difícilmente superan los desafíos inherentes a la consecución de objetivos, pues, no cuentan con fines últimos que regulen una ética del trabajo. Si los planes y las visiones del porvenir se convierten en fines supremos, no dejan espacio o lugar privilegiado para el autoconocimiento, la virtud y la evolución.

Resulta evidente, a la luz de estas explicaciones, la necesidad de aclarar los conceptos de visión y de misión. La visión del mañana es un medio para la consecución de propósitos vitales, hoy. En el aprovechamiento de las oportunidades para la acción se viabiliza la consecución de los objetivos supremos. Visto de esta forma, un plan estratégico no es otra cosa sino una vía para el conocimiento y el desarrollo.

Se trata de una dilucidación importante porque muchísimas personas confunden los medios con los fines: los planes con la misión empresarial, lo que complica la comunicación para la realización. Creen, por ejemplo, que la comunión, es un fin corporativo, una suerte de misión que rubricar, cuando en verdad es un proyecto, un objetivo estratégico, un medio. Confunden la “firmeza y la felicidad por la unión”, que es una actitud y que muy bien puede definirse como misión, con la “alianza y la concordia”, que denota mutualidad y que, por lo tanto, implica una negociación. Y, entonces, al trasladar las cosas del mundo al ámbito del ser, postergan los verdaderos contenidos de la vida y se incapacitan para la cooperación. Pero, la confusión también va del plano de la misión al ámbito de las metas: creen que el desarrollo constituye un medio, cuando en verdad es un fin inherente a la condición humana. Así, de un lado, ponen bajo la responsabilidad del colaborador, como si dependiera de él, la cultura corporativa, cuando es consecuencia de la conjunción de muchas voluntades; de otro lado, lo animan a abandonar lo que depende exclusivamente de él, volviéndolo urgido de esperanzas. En otras palabras, trastocan la realidad al dejar que el individuo piense que para ser y realizarse, la organización tiene que cambiar, cuando es él quien debe hacer cosas por su organización para transformarse en lo que anhela ser.             

En este sentido, es común encontrar definiciones de misión desprovistas de referencias a la actividad cotidiana como medio para la dignificación del hombre como ser moral, lo que priva al mensaje de estímulos prácticos para la acción, pues, sin la

Fecha: 02/02/2009

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